Sentirse vacío aunque todo parezca estar bien
Sobre ese hueco que no tiene nombre y que no se llena con nada. Sentimiento de vacío.
SALUD MENTALANXIETYDEPRESIÓNVACÍO
Dulce M. Panduro.
6/24/20267 min read
No es tristeza, exactamente. No es depresión en el sentido de no poder levantarte de la cama. No es que tu vida esté mal: tienes cosas, tienes personas, tienes actividades. Funciones. Cumples. Incluso a veces te ríes y lo pasas bien.
Pero hay algo que falta. Un hueco en algún lugar que no sabes bien dónde está. Una sensación de que la vida pasa pero no te toca del todo, como si la vieras desde detrás de un vidrio. Como si todo lo que haces fuera correcto pero nada resonara de verdad.
Y encima, la confusión de no entenderlo: ¿Cómo voy a estar vacío si tengo tanto?
Esa pregunta —esa incapacidad de justificar lo que sientes con razones concretas— hace que el vacío sea todavía más pesado. Porque no solo cargas con la sensación, sino con la culpa de tenerla.
Hoy vamos a hablar de ese vacío. De dónde viene, qué significa, y por qué no se resuelve con lo que normalmente intentamos para resolverlo.
El vacío no es la ausencia de cosas. Es la ausencia de contacto.
Lo primero que hay que entender es que el vacío existencial —ese del que hablamos aquí— no es un problema logístico. No se resuelve agregando más cosas a la vida. Y sin embargo, eso es exactamente lo que solemos intentar.
Más planes. Más proyectos. Más compras, más viajes, más relaciones, más logros. Una búsqueda constante de algo que llene el hueco, que por un momento lo llena —o parece llenarlo— y luego vuelve a estar vacío, como un vaso con un agujero en el fondo.
Desde la perspectiva psicoanalítica, el vacío no es la ausencia de experiencias. Es la ausencia de contacto real con uno mismo. Es vivir de manera disociada de tu propio mundo interno: de tus emociones verdaderas, de tus deseos genuinos, de esa parte de ti que siente, que quiere, que teme, que necesita.
Cuando no hay contacto con ese mundo interior, puedes tener todo y sentir nada. Porque las cosas externas —los logros, las relaciones, las experiencias— solo resuenan de verdad cuando hay alguien adentro que las recibe. Y si esa parte está desconectada, dormida, o escondida, nada de lo de afuera llega a fondo.
¿Cómo se desconecta alguien de sí mismo?
Esta es quizás la pregunta más importante. Y la respuesta, como casi siempre en psicoanálisis, lleva hacia atrás en el tiempo.
La desconexión del mundo interior no ocurre de un día para otro. Es un proceso gradual, generalmente iniciado en la infancia, como respuesta a un entorno que de alguna forma no podía sostener ciertas emociones.
Piénsalo así: todos los niños sienten. Sienten con una intensidad enorme, sin filtros, sin modulación. Sienten rabia, miedo, tristeza, amor, envidia, alegría desbordante. Y esas emociones necesitan algo para existir: necesitan ser recibidas por alguien. Necesitan que un adulto las vea, las nombre, las sostenga sin asustarse.
Cuando eso ocurre, el niño aprende algo fundamental: mis emociones son reales, son válidas, y no destruyen el mundo ni a las personas que quiero. Aprende a habitarlas, a transitarlas, a conocerse a través de ellas.
Pero cuando el entorno no puede hacer eso —porque los cuidadores estaban desbordados, porque expresar ciertas emociones traía consecuencias, porque el amor era condicional a ser de cierta manera— el niño aprende otra cosa: estas emociones son peligrosas. Es mejor no sentirlas. Es mejor apagarlas.
Y aprende a hacerlo. Con una eficiencia sorprendente.
El problema es que no puedes apagar selectivamente las emociones incómodas sin apagar también las demás. La desconexión es total. Cierras la puerta al dolor y, sin quererlo, también la cierras a la alegría profunda, al deseo genuino, a la sensación de estar vivo de verdad.
Eso es el vacío.
La falsa self: vivir siendo un personaje de ti mismo
El psicoanalista británico Donald Winnicott describió algo que ilumina perfectamente esta experiencia: la diferencia entre el self verdadero y el self falso.
El self verdadero es el núcleo de quién eres: tus emociones espontáneas, tus deseos reales, tu manera genuina de sentir el mundo. Es esa parte que aparece cuando estás completamente relajado, sin audiencia, sin expectativas que cumplir.
El self falso es la versión de ti que construiste para funcionar en el mundo. Para encajar, para ser aceptado, para no decepcionar, para sobrevivir en entornos que no podían tolerar al self verdadero. Es la máscara —pero una máscara tan bien puesta que a veces ni tú mismo recuerdas que la llevas.
Muchas personas que sienten ese vacío crónico han vivido gran parte de su vida operando principalmente desde el self falso. Han sido buenos hijos, buenos estudiantes, buenos profesionales, buenos amigos. Han cumplido. Han funcionado. Han construido una vida que desde afuera se ve completa.
Pero internamente, hay una sensación persistente de que eso no son ellos. De que están actuando un papel. De que si alguien los conociera de verdad, vería que detrás de toda esa fachada no hay mucho. O peor: que no hay nada.
Eso no es verdad. Lo que hay detrás de la fachada es el self verdadero, dormido, esperando. Pero después de años de no ser habitado, puede sentirse como vacío.
Por qué los logros no llenan el hueco
Hay un subtipo de vacío particularmente común y particularmente incomprendido: el de la persona exitosa.
Alguien que ha conseguido lo que se propuso. Que tiene el título, el trabajo, el reconocimiento, la vida que otros quisieran tener. Y que sin embargo, al llegar a la cima de cada logro, en lugar de plenitud, encuentra... nada. Un momento breve de satisfacción y luego el vacío de nuevo, empujándolos hacia el siguiente objetivo, la siguiente meta, la siguiente prueba de que son suficientes.
Desde el psicoanálisis, esto tiene una explicación muy clara: los logros externos no pueden reparar una herida interna. Puedes acumular todos los trofeos del mundo y ninguno le dirá a tu inconsciente que eres valioso, que eres amado, que eres suficiente. Porque esa convicción no viene de afuera. Viene de adentro. Y si adentro hay una herida que nunca se atendió, los logros la cubren temporalmente pero no la sanan.
Es como poner capas y capas de pintura sobre una grieta en la pared. La pared sigue viéndose bien desde afuera. Pero la grieta sigue ahí.
El vacío como señal, no como condena
Hasta aquí, todo suena bastante sombrío. Pero aquí viene un giro importante que el psicoanálisis ofrece y que cambia completamente la forma de relacionarse con esta experiencia:
El vacío no es el problema. Es la señal de que algo más profundo necesita atención.
En ese sentido, sentir ese vacío —aunque sea incómodo, aunque sea confuso, aunque no tenga nombre claro— es una señal de vida. Es una parte de ti que sigue esperando ser habitada. Que sigue intentando hacerse notar. Que no se resignó a desaparecer por completo.
Las personas completamente disociadas de su mundo interior no sienten ese vacío. Lo que sienten es todavía más difícil de nombrar: una ausencia total de señal. El vacío, con toda su incomodidad, implica que algo adentro todavía pulsa, todavía busca, todavía espera.
Y eso, paradójicamente, es esperanzador.
Lo que no funciona para llenarlo
Antes de hablar de lo que sí puede mover algo, vale la pena nombrar lo que no funciona, aunque sea lo que más solemos intentar:
Llenarlo con actividad. Mantenerse ocupado es la estrategia más común y la más ineficaz a largo plazo. El vacío aparece en el silencio, en los momentos de quietud, así que la lógica es eliminar el silencio. El problema es que el silencio no genera el vacío: solo lo hace audible. Y lo que no se escucha no se puede atender.
Llenarlo con relaciones. Buscar en otra persona que llene ese hueco es una de las fuentes más comunes de dependencia emocional. Nadie puede llenar desde afuera un vacío que tiene origen adentro. Y cuando ponemos en otra persona la responsabilidad de hacernos sentir vivos o completos, esa relación se vuelve agotadora para ambos.
Llenarlo con logros. Ya lo vimos: los trofeos no hablan el idioma del inconsciente.
Ignorarlo. Funciona un tiempo. A veces mucho tiempo. Pero el vacío tiene paciencia infinita.
¿Qué puede mover algo?
El camino de regreso a uno mismo no es un camino hacia afuera. Es exactamente lo contrario.
Es aprender, poco a poco, a tolerar el contacto con el mundo interior. A sentarse con las emociones en lugar de huir de ellas. A preguntarse qué quieres tú, no qué se espera de ti. A notar qué te mueve de verdad, qué te aburre de verdad, qué te da miedo de verdad, qué te alegra de verdad. No la versión curada para los demás, sino la versión sin audiencia.
Es también, en muchos casos, empezar a entender de dónde viene la desconexión. Qué fue lo que en algún momento hizo que fuera más seguro apagar que sentir. Qué emociones aprendiste a esconder y por qué. Qué parte de ti quedó guardada esperando que el mundo fuera suficientemente seguro para salir.
Ese trabajo no se hace solo con fuerza de voluntad ni con meditación de cinco minutos. Se hace con tiempo, con paciencia, y generalmente con acompañamiento. Porque volver a habitarse después de mucho tiempo de no estar en casa es un proceso que necesita un testigo. Alguien que pueda ver lo que hay ahí adentro y devolverte la imagen de que es real, que es válido, que no es peligroso.
Una cosa antes de cerrar
Si llegaste hasta aquí y algo resonó, quiero decirte algo directamente:
Sentirte vacío no significa que estés roto. No significa que seas ingrato ni que no sepas apreciar lo que tienes. No significa que tu vida sea un fracaso disfrazado de éxito.
Significa que hay una parte de ti que todavía no ha sido completamente habitada. Que hay emociones, deseos, o verdades sobre quién eres que todavía no han encontrado suficiente espacio para existir.
El vacío no es el final de la historia. A veces es el principio de la más importante que puedes contarte: la de encontrarte a ti mismo.
Y esa historia siempre empieza en el mismo lugar: con la disposición de escuchar lo que llevas mucho tiempo sin querer oír.
Si te identificaste con esta experiencia de vacío y sientes que hay algo adentro que necesita ser escuchado, un proceso terapéutico puede ser el espacio donde esa parte de ti empiece, por fin, a tener voz.
Consultorio
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